Mi Razón de Ser

In March, 2019, CWB – USA toured to Tijuana, on the U.S./Mexico border. This was a “secret” tour, which we did not publicize ahead to time, in order to respect the safety and dignity of the migrants. Darina Robles Pérez, founder of humanitarian clown organization Llaven nü, tells her story about a visit to a migrant house. The lead photo is from our 2018 Migrant Caravan Tour. 

A Clown Without Borders

I’m a Mexican clown, and what I love most in life is making people laugh. When I play as a theatrical clown, I feel very happy if someone tells me they laughed until they cried. Once, Wladia, a Brazilian clown, told me: “I really enjoyed your show because I entered your wonderful world, and when the show ended I did not want to leave your world.” That has been a very important comment for me.

Every time I perform as a social clown, I confirm my reason for being. I’m a clown without borders. I thank laughter for the relief and hope it offers, and the human bond it generates. I know it has been a good performance if I’m talking with someone in the audience and he thanks me for the laughter. We share a moment of joy, and also the sadness in his heart because of his story. This is the case in Tijuana, on tour with Clowns Without Borders USA.

Our second performance is in a house for migrant families. I meet Norma, a young girl from Honduras. I ask her if she liked the show and she says she did. She says it was good for her soul to laugh, and she’s grateful to have us there. I tell her that I appreciate her laughter. And that’s how we start talking. She trusts my clown listening, and begins to tell me her difficult story as a migrant. She left her country because of death threats. When she finishes, I tell her that I’m grateful for her trust, and that I wish everything in her life will be better. The other clowns are calling to leave, so we say goodbye. I see that Norma is crying, so we hug. It occurs to me to ask if she misses her country, and she says yes, especially her mom. I wish I could do more for the migrants, but as a clown I can share laughter and beautiful humanity. To my heart, that seems good.

Thank You For Being Clowns

As it happens, we accidentally took the megaphone from that migrant house. We return it a few days later, and have the opportunity to talk to some of the other migrants. I ask for Norma, but she’s not there. I find Bertha, who sees me without my clown costume (a migrant chicken). “My little clown,” she says in a happy voice. We hug. Marisol, one of my fellow clowns on the tour, approaches me, and Bertha tells us that she came from Honduras to look for a job so she an send money to her daughters and her mother. “I have gone through very difficult things,” she says. “We are very poor. You can’t imagine what it’s like to be this poor.” She goes into her memories, and we remain silent until some children arrive to talk to us.

Before leaving, a Mexican family approaches us. They thank us for the show and tell us that they’ve become migrants overnight. Their grandmother saw the mafia kill a young man, and they threatened to kill her for being a witness. The family now waits for U.S. authorities to allow them to live with a family member in the United States. We say goodbye, commenting that we would like to help more, but we are only clowns. They thank us for being clowns, and as we leave, Marisol and I say to each other that we’re happy for the opportunity to return the megaphone and talk with the affectionate migrants.

We Can Change the World

On the way to another migrant house where we will play, I remember a comment I heard from Lydia Cacho, a human rights defender. She says that criminal networks are small in comparison to the millions of people who are experts in human rights, ethics, legislation, and the defense of the law. “We can change the world,” she told me. “I am absolutely convinced, and that is why I continue to do my job.” I tell myself that I’ll continue doing my work as a social clown, because I know that we can build a world in which everyone laughs.

Here’s the end of my story. Thanks to those who made this project possible, thanks to those who are empathetic toward migrants and fight for a better world for everyone. Thanks to life for opportunity to be a migrant clown!

Darina’s blog en español:

¡Hola! Me llamo Darina Robles, soy mexicana, soy payasa. Lo que más amo en la vida es ser payasa y hacer reír. Cuando doy función como payasa teatral, siento mucha alegría cuando alguien me dice que rió tanto que lloró de la risa. Una vez, Wladia, una payasa brasileña me dijo: Disfruté mucho tu espectáculo porque entré en tu mundo maravilloso y cuando terminó la función no quería salir de tu mundo. Ha sido un comentario muy importante para mi.

Como payasa social, cada vez que doy función confirmo que mi razón de ser es: Ser payasa sin fronteras. Agradezco a la risa el alivio y esperanza que ofrece, y el vínculo humano que genera. Siento que di una buena función cuando, por ejemplo, al terminar platico con alguien del público, me agradece las risas y así compartimos el momento de alegría y también la tristeza que trae en su corazón cuando me cuenta su historia. Esto me ha sucedido también en Tijuana, en el proyecto con Clowns without Borders USA.

Después de nuestra segunda función, en una casa para familias migrantes, conocí a Norma una joven originaria de Honduras; le pregunté si le había gustado la función y me dijo que mucho, que le había hecho muy bien a su alma reír y que nos agradecía el haber estado ahí. Le respondí que yo le agradecía sus risas. Así comenzó nuestra plática. Ella confió en mi escucha de payasa y comenzó a contarme su difícil historia como migrante. Tuvo que salir de su país por amenaza de muerte de las maras. Cuando terminó, le dije que le agradecía la confianza, que le deseaba que pronto en su vida todo fuera mucho mejor y le conté un mal chiste pero reímos juntas.

Nos despedimos porque los otros payasos me estaban llamando para irnos. Estaba diciendo adiós a otros migrantes cuando miré que Norma estaba llorando, me acerqué a ella y la abracé. Se me ocurrió preguntarle si extrañaba su país y me dijo que si, que sobre todo extrañaba mucho a su mamá. Sentí que me gustaría poder hacer más por ella y por los migrantes pero como payasa había podido compartir risas y hermosa humanidad, y a mi corazón le parecía bueno.

Sucedió que días después, los payasos sin fronteras, regresamos a la misma casa migrante porque sin querer nos llevamos su megáfono y fuimos a devolverlo. Tuvimos la oportunidad de platicar con otros migrantes. Pregunté por Norma pero no estaba. Mientras buscaba a Norma encontré a Bertha que al verme sin mi disfraz de gallina migrante, me reconoció y me dijo con voz contenta: ¡Mi payasita! Nos abrazamos. Se acercó Marisol, mi compañera payasa del proyecto, y Bertha nos contó que venía de Honduras y que estaba buscando trabajo para enviar dinero a sus hijas y a su mamá. “Yo he pasado cosas muy difíciles, somos muy pobres, no se imaginan lo que es ser pobre pobre”, nos dijo Bertha, su mirada triste se fue hacia sus recuerdos y nos quedamos en silencio; en esto llegaron unos niños que nos reconocieron y platicamos con ellos también.

Antes de irnos se acercaron a nosotras una familia mexicana. Nos agradecieron la función y nos contaron que se habían convertido en migrantes de la noche a la mañana porque la abuela de esta familia había visto como la mafia mataba a un joven y la amenazaron de muerte por haber visto el asesinato. Estaban esperando que las autoridades estadounidenses les dieran el permiso de vivir con una pariente que tienen en Estados Unidos. Nos despedimos también comentando que nos gustaría poder ayudarlos pero que solo somos payasas, nos agradecieron el ser payasas. Nos fuimos. Marisol y yo comentamos que había sido muy bueno llevarnos el megáfono para poder regresar y platicar con nuestro afectuoso público migrante.

En el camino para otra casa migrante donde daríamos función, me acordé de un comentario que escuché de Lydia Cacho, defensora de los derechos humanos; en el que dice que las redes criminales son pequeñas en comparación a las millones de personas expertas en derechos humanos, ética, legislación, en la defensa de la ley y del estado de derecho. “Podemos cambiar el mundo. Estoy absolutamente convencida y por eso sigo haciendo mi trabajo”, dice Lydia Cacho. Entonces pensé, también yo seguiré haciendo mi trabajo de payasa social porque sé que desde la sociedad podemos construir un mundo que todxs lo rían.

Aquí termino mi relato. Gracias a los que han hecho posible este proyecto, gracias a los que son empáticos con los migrantes y luchan por un mundo mejor para todxs; gracias a la vida por el oficio de payasa migrante.

 

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