Colorful balloons are laid out on a cement surface

Sharing Love

Darina Robles is the founder of Llaven nü, a social circus program in Mexico, and frequent CWB – USA collaborator. She writes about meeting a special little boy during the Tijuana tour, in which CWB performed for migrant families at the border between the United States and Mexico.

Our Clowns Without Borders tour arrives at a house for migrant families. Today we’ll give a workshop and performance. The children, mostly between three and six years old, gather on the patio of the house. We ask them their names and make a name game. Then we play duck and goose. Miguel, a four-year-old boy from Guatemala is Goose, and I see tears coming from his eyes. He wipes them away with his little hands, and makes an effort to stop crying, but I’m very aware of him. We change the game, and Miguel lets himself cry for no apparent reason. Later, one of the mothers explains that Miguel arrived with his father the day before, after walking for 10 days. He speaks almost no Spanish, and his father had left for work that day to take care of them both. 

I go to an old piano that doesn’t work and start singing and pretending to play it. Miguel follows me in silence, and I recall a time when I lived in another country. The sounds of nature were the only things that were familiar to me. I invent a song for Miguel, with animal sounds that he might recognize. At this point he’s no longer crying, but calm and playing with me—now I have to hold back tears! At one point, a hummingbird comes and stands in front of us, on the branch of a tree. We stop playing the piano and look at the hummingbird, amazed, as it hovers in front of us. In my culture, the hummingbird signifies love. I’m so grateful to have shared love with that beautiful child. 

Darina’s blog en español

Llegamos los payasos sin fronteras a una casa para familias migrantes, para dar un taller y después la función. Los niños de reunieron en el patio de la casa, la mayoría tenían entre 3 y 6 años. Les preguntamos sus nombres e hicimos un juego de nombres. Después jugamos pato y ganso. Entonces le tocó ser ganso a Miguel, un niño guatemalteco de 4 años. El juego siguió pero yo noté que a Miguel le salían lágrimas de sus ojos y se limpiaba con sus manitas. Dejó de llorar, como que hacia esfuerzo para que no le ganará el llanto, yo estaba muy pendiente de él. Cambiamos de juego y Miguel se soltó a llorar sin razón aparente. Yo entonces lo cargué y una mamá me explicó que Miguel había llegado el día anterior a la casa de migrantes con su papá, después de un largo recorrido, que habían caminado durante diez días antes de llegar a Tijuana. Que Miguel casi no hablaba español y que su papá había salido por trabajo y se los había encargado pero que Miguel estaba muy sensible.

Entonces yo lo llevé donde había un piano viejo que no servía, las teclas no emitan sonido  pero se movían. Entonces yo empecé a tocar y cantar, y él me siguió en silencio. Me di cuenta que Migue pensaba que los sonidos venían del piano y no de mi canto. Me acordé cuando yo viví en otro país donde casi lo único que me era familiar eran los sonidos de la naturaleza. Entonces inventé una canción con los sonidos de los animales para Migue, pensé en animales que él pudiera reconocer. Él ya no lloraba, estaba tranquilo y jugando, pero a mi me costaba contener las lágrimas. En un momento un colibrí llegó y se paró en una rama de un árbol, enfrente de nosotros. Yo le dije a Migue que mirara el colibrí y el dejó de jugar con el piano  y se quedó con la mirada fija en el colibrí sin moverse. Yo igual. El colibrí se acercó a nosotros y se quedó varios segundos volando ante nuestro asombro, después se voló hacia el árbol y finalmente se fue. Migue y yo continuamos con nuestra música.  Para mi cultura el colibrí significa amor. Entonces quedé muy agradecida de haber compartido amor con ése niño hermoso.

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